Claves para combatir la intolerancia a la lactosa

Claves para combatir la intolerancia a la lactosa

Carlos se prepara un café con leche a media mañana. Un placer para muchos, todo lo contrario para él. A los pocos minutos, comienzan las molestias, “no me ha sentado bien”, dice con las manos en el vientre y una cara de resignación. En ocasiones, todo queda en un simple dolor abdominal o flatulencias, en otras, el malestar va ligado a diarrea o vómitos. ¿Te resulta una sensación familiar? Esto es un ejemplo, pero todos conocemos a alguna persona con intolerancia a la lactosa, un familiar, un amigo, un conocido o nosotros mismos sin ir más lejos. Por ello, es un problema bastante común entre nuestra población y no está mal profundizar en el tema a través de este artículo.

Tiene su origen en la deficiencia de una enzima

La lactosa es el azúcar que contiene la leche, formado por glucosa y galactosa y lo encontramos en la leche de los mamíferos (vaca, cabra, oveja, humana) y en todos sus derivados (queso, yogures, mantequilla…). Además, también puede estar presente en otros alimentos que han sido enriquecidos con calcio.

Por otro lado, la lactasa es una enzima que se halla en nuestro intestino y es la que nos ayuda a digerir y por tanto absorber la lactosa, distribuyéndola por todo el cuerpo. Sin embargo, algunas personas sufren deficiencia de lactasa (hipolactasia) y no digieren bien la lactosa, desarrollando una intolerancia.

La hipolactasia puede darse en tres formas distintas: congénita, primaria y secundaria. La congénita es una enfermedad de nacimiento en la que el recién nacido no produce lactasa, y por tanto no digiere la lactosa. Aunque este tipo de intolerancia es de por vida, se da en muy pocos casos. Por su parte, la hipolactasia primaria es aquella en la que el individuo con el tiempo va produciendo menos lactasa y acaba desarrollando intolerancia a la lactosa. Finalmente, la hipolactasia secundaria está causada por alguna lesión en el intestino, como por ejemplo una gastroenteritis o por la ingesta de un medicamento. Este tipo de intolerancia es temporal.

Como mencionamos anteriormente, dado que el déficit de lactasa puede ser poco o muy importante, los síntomas pueden ser escasos o sustanciales. En general la intolerancia a la lactosa se caracteriza por episodios de intensidad variable de hinchazón abdominal, ruidos frecuentes de tripa, flatulencia, dolor de tripa, náuseas, vómitos y diarrea. Generalmente aparecen tras el consumo de leche, de derivados de la leche o de productos que tengan lactosa en su composición.

Fácil diagnóstico y soluciones para adaptarnos a esta intolerancia

Las pruebas diagnósticas específicas serían:

Test de tolerancia a la lactosa. El paciente toma una determinada cantidad de lactosa y se mide la subida de glucosa en la sangre a los 60 y a los 120 minutos. Si la glucosa no sube lo suficiente indica que la lactosa no se está digiriendo de forma adecuada.

Test del hidrógeno en el aliento. Tras administrar lactosa, si no es digerida, pasa al intestino grueso donde las bacterias la transforman en hidrógeno que es eliminado con la respiración. Por tanto un aumento de la expulsión de hidrógeno con el aliento indica intolerancia a la lactosa.

Biopsia de duodeno y cuantificación de lactasa en el intestino. Para realizar la biopsia se precisa realizar una gastroscopia.

La mayoría de los pacientes no necesitan realizar una dieta completamente libre de lactosa, pudiendo tolerar pequeñas cantidades de leche o de derivados lácteos. Sin embargo, esto es muy variable de una persona a otra y no puede saberse de antemano la cantidad de lactosa que una determinada persona puede tolerar sin que le produzca molestias.

Cabe destacar que hoy en día tenemos una gran oferta de productos sin lactosa a nuestra disposición en cualquier comercio. Muchos productos son útiles, pero tampoco hay que lanzarse a ellos como si fueran la única solución.

Paralelamente a la aparición de los productos sin lactosa encontramos ahora a la venta suplementos de lactasa para suplir esa enzima a la hora de consumir lácteos. Se pueden encontrar en farmacias y tiendas especializadas, y habitualmente se presentan en forma de comprimidos o pastillas para ingerir tal cual o masticables. Estas pastillas contienen una cantidad variable de lactasa que debe ser tomada inmediatamente antes de comer o beber el alimento problemático en cuestión. El aporte de lactasa se mide en cifras de FCC (Food Chemical Codex), un número estándar usado para establecer la actividad enzimática del producto.

Tiene el inconveniente de que es difícil calcular exactamente cuánta lactasa necesitamos, y además hay que repetir la dosis si la comida se alarga. Lo recomendable es reservar estos productos para caprichos puntuales, como eventos sociales o comidas fuera de casa. Desafortunadamente las alternativas sin lactosa en hostelería suelen ser muy pobres, y estos suplementos permiten disfrutar sin más preocupaciones. Así, podemos tomar un comprimido con una alta cantidad de lactasa al empezar un menú que incluya varios aperitivos y entrantes y un plato que pueda incluir leche, bechamel, salsa de queso o nata. Si han pasado más de 30 minutos desde que tomamos la lactasa, tendremos que repetir antes de otro plato.

Por tanto, desde Gerosol creemos que el consumo de estos suplementos, así como los diferentes lácteos, tendremos que adaptarlos a nuestras propias necesidades y experiencias, nuestras auxiliares domiciliarias pueden realizar ese seguimiento en las dietas y proporcionar esa tranquilidad que necesitamos. Si sospechamos que somos intolerantes a la lactosa lo primero es consultarlo con nuestro médico, solicitar la prueba correspondiente y, a partir de ahí, aprender a convivir con ello.

Tenemos la “suerte” de que la intolerancia a la lactosa no es una enfermedad grave y podemos corregir nuestros hábitos. Del mismo modo que los lácteos no son imprescindibles en la dieta si llevamos una alimentación equilibrada, tampoco tenemos que renunciar por completo a ellos.

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