Se resiente nuestra salud por protegernos del coronavirus

Se resiente nuestra salud por protegernos del coronavirus

Cuando se cumplen 67 días del estado de alarma, el bienestar físico y, sobre todo, el emocional empiezan a tambalearse, dejado efectos secundarios como dolencias comunes en la mayoría de la ciudadanía. La vida confinada también pasa factura y, aunque estamos en esta situación por nuestra salud, también lo estamos a costa de nuestra salud.

Ya sabemos que el coronavirus es un enemigo minúsculo, invisible, pero está poniendo en jaque a los sistemas de salud de todo el mundo, y como cualquier enemigo (y más si se nos escapa a la vista) provoca temor. Ese miedo, sumado a las muchas semanas con esta realidad y a nuestras preocupaciones habituales, hacen que, en ocasiones, por la noche nuestros temores se exacerben y sintamos algo muy cercano al pavor. La combinación de todo eso en un explosivo cóctel que impide dormir correctamente.

Inactividad, alimentación y ansiedad como factores de riesgo

En los periodos de inactividad física se corre el riesgo de que algunos músculos de difícil recuperación disminuyan hasta ser prácticamente inservibles, un problema que puede magnificarse en las personas mayores. El cuerpo es una maquinaria compleja sustentada sobre equilibrios dinámicos: la pérdida de un músculo puede traer consecuencias generales como una pérdida de equilibrio (con el consiguiente aumento del riesgo de caídas) o dolores que a su vez potenciarán la inactividad.

Por si esto fuera poco, estos parones son precursores de la diabetes tipo 2 por el aumento de azúcar en la sangre, que puede verse agravado seriamente por la mala alimentación en los días de cuarentena, en los que aliviamos parte de la frustración por el encierro siendo indulgentes con nuestra dieta. Estos descuidos en la dieta pueden además llevar a aumentos de los niveles de colesterol en sangre.

La dermatitis irritativa de manos es, sin duda, la patología dermatológica que más están viendo los dermatólogos desde que se declaró el estado de alarma. El agua desgasta las rocas y también desgasta la piel produciendo sequedad, descamación, eccemas e incluso fisuras y grietas dolorosas que resultan muy incapacitantes para desempeñar nuestras actividades del día a día. Como en estos momentos no podemos limitar el lavado de manos, recomiendan utilizar jabones oleosos que respeten en la medida de lo posible el manto graso externo de la piel (no utilizar jabones caseros ni jabón lagarto porque alteran demasiado el pH fisiológico de la piel), limitar el uso de geles hidroalcohólicos a momentos puntuales en los que no se disponga de jabón.

Sin embargo, no sólo las manos sufren las consecuencias de la cuarentena y del exceso de geles desinfectantes. El incremento en la sensación de ansiedad hace que aumenten los niveles de cortisol, la hormona del estrés, adelantando la caída del pelo y produciendo picores en el cuero cabelludo.

Otro aspecto importante: el llamado eje intestino-cerebro. Este término se refiere a la conexión entre nuestro cerebro y nuestro tracto gastrointestinal. Está claro que nuestras emociones tienen un impacto directo sobre nuestra salud digestiva. Muestra de ello es que el 90% de la serotonina de nuestro cuerpo (uno de los principales moduladores del afecto) está almacenada en células intestinales. En estos días no hay duda de que las emociones están a flor de piel, por lo que la ansiedad y la incertidumbre que estamos viviendo pueden producir síntomas digestivos como diarrea, pérdida de apetito e incluso náuseas.

Estos son tan sólo algunos de los efectos secundarios del confinamiento para la población en general, sin olvidar aquellos que fueron víctimas de la enfermedad COVID-19 que desde luego sus efectos y secuelas estarán todavía por determinar en algunos y que son visibles ya en otros, y darán lugar a enfermedades de tipo crónicas respiratorias, cardiacas, renales, etc.

Recuperar la rutina poco a poco

Además, hace apenas unos días que por fin se ha permitido, después de un confinamiento obligatorio de casi 50 días, salir de casa en franjas horarias establecidas. Aunque una gran parte de la población se echó a la calle, deseosos de aire fresco, sol y de hacer ejercicio, en un intento por retomar cierta normalidad en sus vidas, lo cierto es que otras muchas personas han optado por permanecer en sus casas por la incertidumbre y el miedo al contagio que ha provocado esta crisis de emergencia sanitaria de la Covid-19.

Se trata del síndrome de la cabaña, un trastorno adaptativo que podría ser equivalente al síndrome postvacacional, es decir, cuando te cambian bruscamente una situación hay un reajuste y te sientes desprotegido, una situación que afecta especialmente a las personas mayores.

La mejor manera de superarlo será poco a poco, de manera progresiva, avanzando día a día. Primero salir a la esquina, luego al súper…Pero, además, se deben ir normalizando los sentimientos de angustia y miedo, entender nuestras emociones y reacciones y si fuera necesario pedir ayuda profesional.

Cabe señalar que en un 10% de los hogares españoles se ha evitado ir a Urgencias de un hospital por algún problema de salud importante (no relacionado con el coronavirus) por temor a contagiarse.

Es un hecho, estar tantos días en casa nos perjudica. No sólo afecta a nuestra mente, dando lugar a diferentes emociones y sentimientos, sino también a nuestro propio cuerpo. Sin embargo, resulta importante utilizar herramientas para mantener una actitud positiva, como por ejemplo llevar un diario de gratitud. Puedes buscar, por ejemplo, una cosa positiva al día y escribirla.

En Gerosol sentimos pasión por las personas y su bienestar global, por ello, ofrecemos cada día nuestra mejor versión tanto cuando ayudamos a tu ser querido, como cuando nos dejamos ayudar.

 

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