La muerte: ¿se experimenta mejor en casa o en el hospital?

La muerte: ¿se experimenta mejor en casa o en el hospital?

Vivimos tiempos en los que se oculta la muerte y todo lo que nos la recuerde. Hemos dejado de entenderla como un fenómeno natural y necesario, para convertirla en un fracaso para el que no estamos preparados y podemos afirmar que ha cambiado la forma de vivir y de morir. Antes la vida era lenta y la muerte rápida, sin embargo, hoy día los avances científicos y tecnológicos nos hacen vivir de manera rápida y morir lentamente, incluso llegando a posponer el momento natural de la muerte. Esta dilatación de la última etapa de los pacientes terminales genera la necesidad de un tipo de atención profesional personalizada. Pero, realmente, ¿dónde es mejor morir, en casa o en el hospital?

Cuando la muerte se puede “preparar”

Recordemos en primer lugar, que un paciente terminal es aquella persona que sufre una enfermedad y se encuentra en la etapa final de la misma, ante la que no existen posibilidades de recuperación, ya sea porque no se conoce cura para su condición o porque la enfermedad se encuentra en un estado tan avanzado que no existe la posibilidad de mejoría. Por ello, los cuidados paliativos suponen un elemento de unión y cohesión entre el enfermo y su entorno, ofreciendo un cuidado digno para mejorar lo que le queda de vida a la persona.

Los grandes hospitales de hoy en día, especialmente aquellos del sector público, lugares poco agradables para pasar los últimos días, ya que son un sitio con mucho ruido y en los que no hay privacidad, ni se permite a toda la familia estar al lado de su ser querido en sus últimos momentos. El hospital es el lugar adecuado para el diagnóstico y tratamiento de los enfermos agudos, pero no para el paciente crónico y/o terminal, en el que el diagnóstico ya está hecho y se ha pasado de la fase o de la etapa del curar, a la del cuidar.

 

 

 

 

 

 

 

Estas instituciones se asemejan mucho a un aeropuerto, con llegadas y salidas cada 5 minutos, en donde, a pesar de que son las dos de la mañana, muchas de las luces permanecen encendidas y el ruido no cesa, debido, por ejemplo, a que el paciente de la cama B del cuarto 1045 está sufriendo, o porque acaba de ingresar un nuevo paciente a la cama C del cuarto 833. En cambio, en nuestra casa podemos disminuir considerablemente el ruido y podemos mejorar el ambiente para que el paciente pueda dormir. No hay impedimento para que los hijos, los nietos, y otros familiares puedan estar al lado de la cama del enfermo, y la madre o el padre pueda decir adiós a sus hijos.

La importancia recae en el cuidado, la atención y la comodidad

Sabemos de primera mano que todos los días, todas las semanas, fallecen dignamente en sus domicilios personas acompañadas por sus familiares y seguidas por sus médicos y enfermeras de confianza. El drama es que a la vez otras personas fallecen en casa, en un hospital o en una residencia, sin un buen control sintomático, a veces sin saber qué les está pasando, con una enorme impotencia por parte de sus cuidadores a los que nadie les ha explicado qué sucede, qué pueden hacer o cómo se pueden preparar. En Gerosol, el foco está centrado en las necesidades de las personas a las que estamos destinadas a atender. El centro no puede ser el hospital, el servicio o la unidad.

Por ello, la pregunta acerca de si lo mejor es morir en casa o en el hospital dependerá de las circunstancias de cada caso concreto. Nosotros pensamos que la solución óptima, tanto para el enfermo que ve cómo se agota su crédito existencial como para la familia que sufre la pérdida gradual de su ser querido, es la del propio hogar.

Muchos de nosotros tenemos una idea romántica de la muerte. Si se nos pregunta dónde queremos morir, es probable que digamos en casa, rodeados de los nuestros, quizá con una imagen similar a la siguiente: una luz tenue ilumina un dormitorio, en el centro, hay una cama, donde el protagonista, con aspecto sereno, tiende una mano que un familiar acaricia; cae la tarde, y el personaje, llega a su ocaso en paz. Sin embargo, en general, la gente tiene miedo a la muerte y prefiere no hablar sobre ella. De esta manera, cuando se acerca el momento de la propia muerte o de la del ser querido, muchas personas no están preparadas. Esto añade mucho sufrimiento emocional a una situación que, tarde o temprano, todos, sin excepción, tendremos que afrontar.

 

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